21 nov. 2011

Quizá las cosas en mi vida hubieran sido de una manera completamente distinta si aquel día no entraba en esa habitación. Lo hice, y no hay vuelta atrás. En aquel momento, en que dí la vuelta, creí que nada iba a cambiar en mí, notablemente estaba inconsciente, como en estado de éxtasis, ni siquiera reconocía el lugar, mi propio hogar. Me dí la vuelta con los ojos clavados en el suelo, perdidos, llenos de espanto, y a mis espaldas dejé toda felicidad y un hombre muerto, mi padre, y delante de mí me encontré con una mujer empapada en lágrimas de dolor y la obligación de crecer en un suspiro, porque el destino no sólo se había llevado la vida de mi padre, sino también mi niñez.